LA VIDA HECHA POESÍA O LA FLOR DE LA CHUKIRAWA

LA VIDA HECHA POESÍA O LA FLOR DE LA CHUKIRAWA
Hernando Parra
Colombia

¿Qué se puede decir de una obra como La Flor de la Chukirawa? ¿En qué estriba su encanto? ¿Por qué vuelven a mi memoria una mezcla sutil de olores, colores, gestos, sonidos y texturas de un espectáculo que tan solo vi una vez? Hoy en pleno siglo XXI ¿aún es posible hablar desde el teatro acerca de la realidad Latinoamericana sin caer en recursos y estéticas desgastadas y anquilosadas?
Estas son algunas preguntas que me acechan cada vez que vuelvo a recordar la pieza montada por el grupo ecuatoriano Contraelviento Teatro; pues apelando a una historia no lineal, a unos cuantos diálogos, a un espacio minimalista y a un tratamiento del tiempo donde se dan constantes saltos del presente al pasado, La Flor de la Chukirawa es un arrollador ataque a los sentidos que se impone sin tregua alguna ante el espectador. Un devaneo de imágenes perturbadoras, desafiantes, pero a la vez exquisitamente auténticas y conmovedoras.
En la pieza dirigida por Patricio Vallejo la migración es el tema central. Un joven latinoamericano decide emigrar a los Estados Unidos creyendo, ingenuamente, que es la única alternativa para huir del hambre y la miseria. Allá se enrola en el ejército norteamericano buscando un mejor futuro, pero -infortunadamente- muere en la guerra contra Irak.
La obra tiene como punto de partida una entrevista realizada por una periodista de televisión a una madre campesina acerca de la muerte de su hijo. Un recurso narrativo efectivo para el propósito general de la pieza, ya que logra hablarnos al oído de la tragedia andina de quienes viven en el ostracismo y -sin dejarse llevar por efectismos ni grandilocuencias, ni mucho menos por posturas ideologizantes- nos adentra en una atmósfera de intimidad y secreto.
Cada uno de los personajes se pronuncia entonces desde el discurso que le dicta su sensibilidad, sus emociones, sus pulsiones. Muestra de ello es la madre desgarrada por la pérdida de su hijo, pero, a su vez, digna y altiva ante la desgracia y la pobreza; la ambición, ligereza y veleidad de la reportera que nos muestra la frialdad e irresponsabilidad de los medios de comunicación frente a la miseria humana; los sueños, las esperanzas y las frustraciones del inmigrante latinoamericano; rasgos que definitivamente logran dibujar la intimidad de unos seres grises y anodinos y que suscitan en el espectador una multiplicidad de estados anímicos tales como el dolor, la vergüenza, la desesperación.
Reacciones emocionales que sin duda son consecuencia de excelentes interpretaciones y que podríamos afirmar que se caracterizan por su condensación energética, por su economía en recursos teatrales, por su precisión física y que son, ante todo, el testimonio de una exploración rigurosa de la técnica de las acciones físicas .
Una exploración que tiene como fuente la trasgresión física y espiritual de los actuantes y que necesita, indiscutiblemente, de un espectador atento y presto a sorprenderse, de un público curioso e inquisitivo capaz de componer su propio espectáculo en su imaginación y que, además, esté dispuesto -no sólo a acceder a la comprensión de un espectáculo teatral a partir del intelecto o la racionalidad- sino que pueda asimilar e interiorizar los contenidos propuestos por el director por medio de estímulos visuales y auditivos; pues ya no se trata de interpretar a un autor según los cánones del “viejo teatro político”, por el contrario, se trata de poner en escena algo que surge del actor mismo: Latinoamérica vista a través de una nueva generación de teatristas que se niegan a que sus espectáculos sean, por un lado, entretenimiento frívolo y evasivo y, por otro, el lugar donde se sustentan tesis, se apuntalan tratados o se verifican las juiciosas conclusiones de un teórico teatral.
La Flor de la Chukirawa es, en síntesis, un espectáculo para volver al teatro, un espectáculo que -al mejor estilo de Brecht- convierte la tragedia de sus anónimos héroes en un alucinante poema épico de los andes y que logra, sin ningún reparo, enfrentarnos con ironía y humor a nuestra propia realidad.
Esto fue lo que viví hace un par de meses en una fría noche bogotana de diciembre. Lo demás fue dejarse maravillar por el poder comunicativo del espectáculo y la humildad de sus realizadores.
Bogotá, marzo de 2009.

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