LA FLOR DE LA CHUKIRAWA O LA CAPACIDAD DE VENCER AL DOLOR Y A LA MUERTE

LA FLOR DE LA CHUKIRAWA O LA CAPACIDAD DE VENCER AL DOLOR Y A LA MUERTE
Ernesto Ráez
Perú

En los tonos mayores de la teatralidad Contraelviento invitó al silencio reflexivo instaurando el mito sobre el escenario. La flor de la Chukirawa, cuento de Patricio Vallejo Aristizábal, director del grupo, adquiere dimensiones telúricas en la inolvidable interpretación de su personaje central. No estamos ante un teatro andino superficial, ni exótico, sino ante la asunción de lo andino desde el fondo de sí mismo. Los personajes se nos ofrecen así en una dimensión arquetípica y no es posible imaginarlos fuera del mágico espacio escénico que es trabajado como un megáfono desde el cual la palabra llega, como pensamientos lanzados a los espectadores para que ellos integren en su imaginación las consecuencias de la alternancia verbal, a la que ya no podemos llamar diálogo. En las puestas de este inteligente y sensible director ecuatoriano no nos podemos detener en las fórmulas apreciativas del arte teatral, debemos dejarnos llevar por sus intuiciones que llevando a sus máximas consecuencias los convencionalismos del teatro, instala el suceso escénico en los planos del mito o del sueño, en el que la tierra puede ser poblada por ángeles, en una alternancia conceptual en que no hay límites entre la vida y la muerte. Si es cierto que todos poseemos un inconciente colectivo, es el inconciente colectivo al que responden las imágenes escénicas que hablan una vez más de la fuerza del pueblo para vencer al dolor y a la muerte y elevarse por encima de la acción desintegradora y degradante de la guerra.
Comentario puntual merece la actuación de Verónica Falconí que demuestra hasta donde puede llegar una actriz que rigurosamente sondea en el fondo de sí misma y en su pasado ancestral para encontrar formas de ser que en el escenario se concretan plásticamente cargadas de sinceridad. Las palabras dichas en entonación no cotidiana, con una voz enérgica y envolvente. El manejo de los elementos de utilería que se unifican con su sentir en una manipulación casi mágica, los aspectos agógicos y dinámicos de la danza reclamados a la memoria corporal, el control permanente que, sin embargo, puede imponerse sin forzamientos, hacen del arte de esta extraordinaria actriz ecuatoriana un canto de amor a su tierra natal y nos hace sentir a Ecuador como un gran pueblo. La propiedad con que la secundan Sara Zambrano y Nelson Morillo ofrece una lectura generacional de continuidad artística garantizada.
Que la propuesta, a pesar de su raigambre local tiene dimensiones universales lo demostró la confesión de Jimmy Noriega, crítico de la Cornell University, al que lo conmovió la situación central porque la asoció con la situación de los jóvenes norteamericanos que van a la guerra. Pero estas son lecturas adicionales de las muchas que podrían hacerse del trabajo artístico de Contraelviento. Casi veinte años desafiando las formas establecidas, escuchando los ecos de su pueblo resonando en su alma de artistas, comenzamos a percibir lo que posiblemente al principio les debió parecer una propuesta difícil de alcanzar, pero no imposible: desechar el mínimo asomo de histrionismo para que aflorase la actuación esencial que sólo los grandes del teatro alcanzan y que permiten a este breve comentario ser la prolongación del aplauso gratificante y agradecido del público.
Lima, mayo 2009

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